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domingo, 19 de octubre de 2008

Lo que estamos aprendiendo en la crisis financiera del 2008
ALAI, América Latina en Movimiento2008-10-10

La crisis financiera del 2008, la crisis mayor de todas las crisis financieras desde hace más de una década tiene elementos de los que hay que sacar lecciones. Cuando se trató de la crisis de México en 1995 al contagio que produjo se le llamó Efecto Tequila, y tenía sabor a resaca. Cuando se trató de la crisis de Tailandia y de Asia, de Rusia, de Brasil y de Argentina, se les llamó contagios, aunque recordamos el efecto tango y el efecto samba. Cuando se trató de la llamada crisis de las dot.com o crisis de las tecnológicas, no hubo ninguna mención de contagio. Estados Unidos no contagiaba, era la idea. Los contagios eran de bolsas infectadas no de bolsas solidas. La moneda era esencial para el contagio vía las devaluaciones bruscas. En el caso de Estados Unidos, su moneda no se puede devaluar porque el mundo se relacionaba con el dólar. Entonces lo que ocurría eran apreciaciones frente al dólar.

En esta crisis hemos aprendido que cuando se trata de una crisis mayor de bolsa de Estados Unidos aunada a problemas en la economía, entonces no hay contagio sino que se le llama “crisis global”. La quiebra de la banca de inversión estadounidense y el arrastre de esto sobre las bolsas de valores es una crisis global. No hay contagio sino algo malo en general. Quizás lo que esté malo en general es que todas las bolsas se abrieron para permitir inversionistas del exterior y que cuando éstos se retiran de la bolsa de Nueva York, se retiran de todas las bolsas al mismo tiempo. Esto es acentuado por los actores nacionales que siguen la tendencia.

Lo segundo que estamos aprendiendo es el uso de la palabra “mundial”. Se habla de una crisis bancaria mundial. Hay una crisis bancaria –de inversión, arrastrada por inversiones en derivados crediticios vinculados a hipotecas– en Estados Unidos, España, Irlanda, Alemania, Gran Bretaña e Islandia. Esto es una “crisis bancaria mundial” que requiere del rescate inmediato para evitar el “colapso mundial”. Durante la segunda guerra mundial, los europeos entraron en guerra entre ellos y luego el mundo tomó posiciones. Ese fue un sentido de “mundial”. En el beisbol, hay la “serie mundial” que es básicamente Estados Unidos, México, el Caribe y Japón. Cuando hoy se habla de crisis mundial la referencia es a una crisis estadounidense que se ha contagiado aquellos países con bancos que han estado más expuestos a derivados crediticios vinculados a las hipotecas y cuyos sistemas bancarios han estado aún más desregulados a la americana.

Tercero, cuando el pánico financiero opera, los inversionistas salen de la bolsa de Nueva York, madre de todas las bolsas del mundo y se retiran de todo el resto de las bolsas presionando sobre los tipos de cambio de todo el mundo. Si los bancos centrales no intervienen se puede producir un alza brusca de los tipos de cambio y generar pánico en el mercado de divisas. Si los bancos centrales intervienen, deben estar dispuestos a perder una porción significativa de las reservas con el objetivo que el impacto inflacionario de una devaluación no llegue a la economía nacional.

Cuarto, cuando los inversionistas estadounidenses esencialmente se retiran de los merados del resto del mundo, venden moneda nacional en el resto del mundo y compran dólares de Estados Unidos para regresar a casa mientras piensan dónde y cómo colocan ese dinero mientras pasa la crisis. Eso da el espejismo de un dólar fuerte por un periodo. Como es absurdo un dólar fuerte en una crisis financiera que comienza en Estados Unidos, en el siguiente momento los agentes venderán el dólar y comprarán monedas más sólidas como el yen, el yuan o eventualmente algunas latinoamericanas y por supuesto, oro. El momento cumbre del tsunami cambiario es cuando el dólar aparece fuerte en medio de la crisis. Luego viene el temblor cambiario real del dólar, moneda que tiene el problema económico.

Quinto, cuando hay una crisis bancaria en el mundo que no incluye al G7, son crisis menores. Como efecto de la desregulación bancaria de 1990-92 América Latina se sumió en una crisis bancaria descomunal cuando ocurrió la crisis asiática y el crédito interbancario sufrió un alza en las tasa de interés. El efecto fue la quiebra masiva de bancos entre 1998 y 2002 en todas América latina menos México donde ya se había pasado por la quiebra masiva en 1995. Fruto de esas quiebras las regulaciones se fortalecieron y los requisitos de capital se aumentaron. Entonces aprendimos que los bancos trasnacionales dejan de serlo cuando hay una crisis y que cuando una sucursal quiebra, quien debe salvarlo es el gobierno del país y no la casa matriz. Es decir un banco trasnacional es la mejor inversión, ganas cuando ganas y cuando pierdes en un país, ellos –el gobierno de ese país– te rescata. Las ventajas para un país de tener banca trasnacional entonces quedó matizado.

Sexto, cuando en medio de los vaivenes de México se discutió la necesidad de autorregulación bancaria y de auto supervisión, y se organizó lo que se conoce como Basilea 2, quedó puesto en evidencia primero que el FMI no servía para nada y segundo que los bancos podrían regularse de forma voluntaria, levantar sus requerimientos de capital, moderar sus riesgos, y sobre todo, tener carteras de inversión diversificadas alrededor del mundo para tener estabilidad. Lo que la crisis del 2008 ha mostrado es que bajo este paraguas, se terminó de desregular la banca en los Estados Unidos permitiéndosele unir a la banca de inversión con la banca comercial y a estos se les permitió actuar en todos los mercados del mundo con un producto tóxico que son los derivados crediticios. Nadie se refiere a los derivados crediticios hoy por su nombre sino únicamente como “Toxic waste” (deshecho toxico). Quien más lo hace es el hombre que seguramente más promovió dicho mercado, el ex presidente de Goldman Sachs y hoy secretario del Tesoro encargado de rescatar a los bancos, Hank Paulson (HP).

Sétimo, el ingenioso concepto de que todo tiene un mercado y por lo tanto, un crédito no es un activo bancario sino un título valor que puede ser vendido, llevó a que los bancos comerciales se dedicaran a prestar dinero para hipotecas, entre otras cosas, y luego las vendieran como títulos valor. Las ganancias del banco están en las comisiones por emitir la hipoteca, o la garantía en los casos de otras operaciones colateralizadas. El banco comercial no asume su riesgo crediticio. Muy ingenioso. Luego el concepto de que un banco de inversión, que administra fondos de pensiones, fondos de inversión, fondos de cobertura diversos los podría comprar fue aún más sensacional. Estos no habían prestado sino que invertían en un titulo valor en el mercado. Aún más ingenioso fue crear un mecanismo de seguro que podría cubrir la eventualidad de un impago. Cobrando una prima ínfima por el seguro basada en la probabilidad del impago, en operaciones que las casas de calificación de riesgo han aprobado y tipificado como libre de todo riesgo, era una operación que generaría a las compañías de seguros que entraran a ese mercado, una lonja de riqueza. La idea que ese seguro podría ser vendido como un título valor que los bancos de inversión podrían comprar o que los bancos hipotecarios podrían comprar como parte de su cartera de inversiones fue aún más ingenioso. Finalmente el concepto que ese título valor se podría prendar al igual que todos los demás títulos valor para tomar préstamos para poder comprar más derivados financieros, fue sencillamente la cúspide de la genialidad financiera.

Detrás de toda esa genialidad probabilística modelada con modelos basados en la fisica –porque los mercados funcionan como las ondas sonoras– estuvo la automatización de los mercados. La mano del hombre podría quebrar la perfección de todo este ingenio moderno que servía para brindar ganancias a los inversionistas –fondos de cobertura, fondos de pensiones, fondos de inversión etc.–. Y de pronto alguien tomó consciencia que detrás de todo esto financiero y muy sofisticado operado automáticamente, había una casa y que si el precio de esa casa baja, las garantías quedan sin respaldo y el sistema se cae. Y se cayó con la ayuda de los sistemas automatizados.

La octava lección es que cuando todos los mercados están interconectados, todos los mercados se caen juntos y los sistemas nacionales que redujeron la irracionalidad del mercado mayor, se caen más bruscamente que los otros. Aquellos que mantuvieron a sus sistemas financieros más regulados y mejor capitalizados resienten el efecto mucho menos. Aquellos donde no se hicieron inversiones en derivados financieros, quedan inmunes. Las compañías de seguros que compraron los derivados, quebraron, en Estados Unidos, en Japón y en Inglaterra.

La lección final es que la ansiedad por tener ganancias financieras alejadas de la producción y la creencia que eso podría permanecer de forma estable culmina cuando es evidente que todo tiene un precio en esta vida y que no hay ganancias sin riesgos. En ese momento regresa el Estado a salvar, rescatar y luego regular y nacionalizar y se vuelve a teorías económicas más vinculadas a la producción y la distribución y menos al intercambio. Del libre cambismo de Marshall y Pigou pasamos a Keynes, y de Hayek, el consenso de Washington y Monte Pelerin pasaremos a bancos comerciales que asuman sus riesgos, sistemas regulados globalmente, una legislación financiera global, y sobre todo, un banco central global y una supervisora de bancos global. La autorregulación ha muerto, y con ella Basilea 2. El Consenso de Washington yace en un campo afuera del cementerio religioso, como los suicidas.

LA SALIDA POSCAPITALISTA


ALAI, América Latina en Movimiento
2008-10-15
La salida poscapitalista

Carlos Rivera Lugo
En estos días pasados, el mundo parece haberse puesto al revés o, tal vez, empieza a enderezarse. El gobierno de Estados Unidos se unió a su contraparte de la Unión Europea, en particular al Reino Unido, para anunciar una masiva nacionalización parcial de su banca privada. De esa manera han decidido canalizar la inversión de miles de millones de dólares y euros para devolverle la estabilidad a sus respectivos sistemas financieros."Este no es el momento para el pensamiento convencional o dogmas anticuados, sino para nuevas e innovadoras intervenciones que alcancen el corazón del problema", señaló el primer ministro británico, el laborista Gordon Brown. Sin embargo, el mandatario estadounidense George W. Bush fue más franco: "No queremos controlar el libre mercado sino protegerlo". En nada le interesa ir al corazón del problema: ¡el capitalismo, estúpidos! Y es que el diseño e implantación del anunciado plan de rescate financiero está esencialmente en manos de los mismos fundamentalistas del mercado que ocasionaron la crisis y las soluciones están mediadas por los mismos intereses egoístas de la clase capitalista cuyo poder pretenden salvar.
Si hay algo que debemos comprender de una vez por todas es que en el marco de la crisis más reciente del capitalismo, al Estado, en su expresión (neo) liberal-capitalista, sea estadounidense, británico o brasileño, sólo le preocupa cómo estabilizar nuevamente el mercado, cuando de lo que se trata es de superar ya y por siempre las grandes contradicciones históricas de este modo de producción y relaciones sociales.Estoy convencido de que se ha arribado a una determinada fase de desarrollo en que la forma como producimos y repartimos los frutos de dicha producción bajo nuestro modo de vida actual, choca ineludiblemente con las relaciones sociales existentes, sobre todo a partir de sus expresiones políticas y jurídicas que privilegian crecientemente a una exigua minoría de la humanidad. Las formas actuales de la propiedad privada de los medios de producción, incluyendo los financieros, se han convertido en trabas para seguir potenciando el propio desarrollo de las fuerzas productivas y, lo que es peor, para atender el interés común de que el progreso resultante abone a avances concretos para todos. No tiene ya sentido –si acaso alguna vez realmente lo tuvo- que un modo de producción como el actual, cuya naturaleza es crecientemente social, incluyente y común, resulte en una repartición privada y excluyente de sus beneficios. Este acto de despojo y violencia estructural ya no consigue como seguirse legitimando.Según Immanuel Wallerstein el futuro de la civilización capitalista está ya seriamente comprometido. En primer lugar, está el problema del proceso de acumulación capitalista y las tensiones insuperables que le acompañan, sobre todo la creciente segmentación social entre, por ejemplo, ricos y pobres. En segundo lugar, está el problema de la legitimación política ante el hecho de que el capitalismo parece haber llegado a los límites de su capacidad de redistribución de la riqueza, tanto a nivel nacional como mundial, sin tener que reducir significativamente la tajada de plusvalía que se llevan los dueños del capital, así como los cuadros gerenciales a cargo de la reproducción del sistema. En tercer lugar, está el hecho de que si bien, por un lado, el capitalismo universalizó formalmente la aspiración del progreso humano por medio del trabajo productivo, por otro lado, dicha promesa se ha hecho agua para una parte significativa de la humanidad para la cual se le ha achicado en la práctica las posibilidades de materializarla. Es por ello que Wallerstein entiende que el capitalismo está históricamente en un callejón sin salida.
Mediante el plan de rescate de este orden capitalista irracional e injusto, los representantes de los principales estados capitalistas pretenden corregir tan sólo la forma de este funesto sistema, en particular sus expresiones más salvajes bajo el prevaleciente modelo político-económico neoliberal. Si hay algo que ha caracterizado al capital en estos tiempos es el hecho de haber pretendido subsumirnos a todos y a todos los aspectos de nuestras vidas, bajo sus dictados. De esa manera pretende hacernos creer, como Sam Walton, que somos todos asociados del capital y, por ende, su destino es también el nuestro. Sin embargo, en la calle la gente -la multitud dispersa aunque rebelde o el pueblo en ciernes como verdadero soberano- cuestiona hasta dónde corresponde esto con la realidad.
Existen dos maneras de concebir la crisis actual: (1) como oportunidad para reformar el mercado, aunque aún dentro del marco de intereses estrechos y excluyentes de la clase capitalista; o (2) como oportunidad para una reestructuración antisistémica de las relaciones sociales existentes, que represente una toma de conciencia definitiva de que el bien común ya no tiene salida bajo el capitalismo. Es por ello que está a la orden del día la construcción de una respuesta alternativa, de índole poscapitalista. Al respecto se pronunció Naomi Klein en una visita reciente a España para hablar de la urgente necesidad de una respuesta social a la más reciente crisis de un capitalismo para el cual el desastre le es consustancial al adelanto de sus fines. Las crisis, según la prominente escritora canadiense, son para la clase capitalista tan sólo nuevas oportunidades para reorganizarse con el objetivo de seguir haciendo negocios. Detrás de de esta "economía del desastre" hay en el fondo una estrategia renovada de reestructuración del sistema capitalista y para ello necesita someter, por temor, a la gente a sus nuevos dictados bajo la amenaza de que, de no hacerlo, vendrá una hecatombe. El capitalismo es así un orden de batalla entre clases, por medio del cual los de arriba pretenden conseguir que los de abajo carguen con todos los costos sociales de sus desvaríos. Ello incluye el incremento exponencial de la deuda pública para que los menos sigan ganando exponencialmente más, al precio de que los más tengan que aceptar reducciones significativas a las inversiones y gastos sociales en detrimento de su bienestar general. De ahí el gran desafío del momento.
Puntualiza al respecto Naomi Klein: "La crisis no puede cerrase sin más mediante una expropiación masiva de recursos públicos, un recorte de salarios y derechos laborales y un encarecimiento del coste de la vida. La respuesta desde la izquierda a la crisis económica tiene que pasar por una exigencia de revisión crítica de todo el proceso que nos he traído hasta aquí". Y abunda: "Difícilmente erradicaremos el capitalismo de las calles, ni siquiera seremos capaces de poner ciertos límites mínimos a sus consecuencias, si no lo arrancamos previamente del interior de nuestras cabezas". Para ello, "la izquierda política y la sociedad civil organizada debe presentar un proyecto de descolonización de la vida respecto del capitalismo" que vaya desconectando, emancipando efectivamente "retazos del mundo material" de la vida.
Desde esta perspectiva, habría que proponerse la nacionalización o, mejor aún, la efectiva socialización de todo el crédito y no sólo de los bancos en quiebra. Hay que reconceptualizar los servicios financieros como servicios que cumplen un fin público. Según expresa el líder del movimiento francés ATTAC Jean-Marie Haribey, no vamos a superar la crisis con meras regulaciones, sino que se requiere "una urgente nacionalización. "Se necesita controlar la circulación monetaria y financiera en el mundo…controlar los flujos de capitales que no tienen nada que ver con la economía real…, las necesidades de la economía productiva y del comercio de mercancías".Por su parte, los asistentes a una Conferencia Internacional sobre Economía Política que sesionó en estos días en Caracas para definir respuestas desde el Sur a la crisis actual del capitalismo, señalan en su Declaración Final: "Ni el intervencionismo estatal gigantesco que se ha observado en las últimas semanas para salvar entidades desarticuladas y vaciadas por la especulación, ni el endeudamiento público masivo son alternativas plausibles para la salida de la crisis. La dinámica actual anima a nuevas rondas de concentración del capital y, de no existir una firme oposición de los pueblos, se enfatizará aún más y en forma perversa la perspectiva de reestructuración sólo para salvar sectores privilegiados. Ello podría significar también el peligro de la vuelta de una tendencia al autoritarismo en el funcionamiento del capitalismo…De mantenerse las actuales tendencias de reestructuración del sistema capitalista habrá enormes costos productivos y sociales".

De ahí que coincida plenamente con la conclusión de la Conferencia de que existe la necesidad ineludible de "reconformar la arquitectura económica y financiera internacional", dentro de la perspectiva de "una salida post-capitalista".
- Carlos Rivera Lugo es Catedrático de Filosofía y Teoría del Derecho y del Estado en la Facultad de Derecho Eugenio María de Hostos, en Mayagüez, Puerto Rico. Es, además, miembro de la Junta de Directores y colaborador permanente del semanario puertorriqueño "Claridad". www.claridadpuertorico.com